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Publicaciones recientes investigan el papel que la microbiota desempeña en la patogénesis de la esteatohepatitis no alcohólica y la obesidad así como el efecto que el uso de los probióticos tiene sobre estas patologías, tanto en población adulta como pediátrica.

A lo largo de los últimos años, y debido a los cambios en los hábitos de vida de los países occidentales, estamos asistiendo a un alarmante incremento de la enfermedad por hígado graso no alcohólico (EHGNA, o NAFLD en inglés) y que se debe a un excesivo acúmulo de grasa en el hígado en personas que no consumen nada (o poca cantidad) de alcohol. Esta entidad abarca dos subgrupos clínicos: el hígado graso, que es la forma más común y benigna, y la esteatohepatitis no alcohólica (NASH). Ésta última se asocia a una inflamación crónica en los hepatocitos que puede derivar en diversos grados de fibrosis hepática. En los Estados Unidos de América, la esteatohepatitis no alcohólica se sitúa ya como la primera causa de trasplante hepático, por delante de las hepatitis virales y la ingesta de alcohol, y puede derivar en el desarrollo de hepatocarcinoma.

Una publicación de la revista Nature, en 2012, puso de manifiesto el papel que la microbiota desempeña en la patogénesis de la esteatohepatitis no alcohólica y la obesidad. Los cambios en la permeabilidad intestinal y el sobrecrecimiento bacteriano provocarían un paso de lipopolisacáridos bacterianos a través del eje mesentérico-portal hacia el hígado, aumentando el estrés oxidativo e induciendo la liberación de citocinas proinflamatorias. Algunas de estas citocinas favorecerían un aumento de la resistencia a la insulina asociada al NAFLD.

Las medidas para abordar este problema se centran en cambio de estilos de vida, pérdida de peso y ejercicio físico. El empleo de probióticos para tratar la esteatohepatitis se perfila como una posible medida coadyuvante a los cambios hacia estilos de vida saludables, y sin los efectos adversos e interacciones que presentan algunos fármacos.

Recientemente se ha publicado un metaanálisis que aglutina un total de 9 ensayos clínicos de alta calidad (7 en población adulta y 2 en población infantil) publicados hasta la fecha, y que valoran la eficacia frente a placebo de diferentes probióticos, tanto en población adulta como pediátrica. En relación a la evaluación del riesgo de sesgo, todos los estudios presentaban una calidad alta o muy alta. Se reclutaron un total de 535 pacientes con NAFLD (64 niños). Los resultados evidenciaban que los probióticos no afectaban al índice de masa corporal, los niveles de glucosa ni los niveles de insulina, aunque sí mejoraba la resistencia a la insulina en adultos, de forma significativa y con un bajo índice de heterogeneidad. Por otro lado se apreciaba mejoría en los niveles de transaminasas, colesterol y triglicéridos, si bien este efecto era a expensas de un alto índice de heterogeneidad, lo que dificulta la extracción de conclusiones sólidas. Dichos efectos, además, podrían estar asociados únicamente a determinadas etnias o razas. El bajo número de niños en el estudio impide igualmente concluir sobre su beneficio. En relación al papel de probióticos concretos, existe cierta evidencia sobre la combinación de Lactobacillus acidophilus PXN 35, Lactobacillus casei PXN 37, Lactobacillus rhamnosus GG PXN 54, Lactobacillus bulgaricus PXN 39, Bifidobacterium breve PXN 25, Bifidobacterium longum PXN 30, Streptococcus thermophilus PXN 66y fructooligosacáridos a dosis de al menos 107 UFC, 2 veces al día.

Por tanto, si bien no puede concluirse una firme recomendación del empleo de probióticos de forma sistemática en pacientes con hígado graso por el momento, estos estudios aportan más evidencia sobre la importancia de la integridad de la barrera intestinal en los trastornos metabólicos.

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  • Siendo que tenemos muy presente como Organización Civil nuestra dirección en representar a las personas que padecen de secuela de polio y a sus familias, a los que ya padecen del Síndrome de Post Polio (SPP)
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